NARCISO Y SU DOLOR


             


  Narciso, hijo de una hermosa náyade llamada Liriope que, raptada y violada por el dios de los ríos Céfiso, quiso saber el sino de su hijo recién nacido, y consultó al adivino Tiresias, quien presagió:  "El niño tendrá una larga vida, salvo que se conozca a sí mismo".
  Debido a su extrema belleza, Narciso provocaba grandes pasiones en hombres y mujeres, mortales y dioses, a los cuales no respondía por su incapacidad para amar y reconocer al otro.
  Un día, Narciso se apartó de sus compañeros en el bosque, y distraído por la belleza del paisaje, el atardecer lo sorprendió en un paraje desconocido. Había llegado a los aposentos de la ninfa Eco, una náyade que castigada por Hera por seducir a Zeus, sólo podía repetir las últimas palabras de todo cuanto oía. Confinada a vivir eternamente en montañas y cuevas, deambulaba esperando a que alguien se acercara a su solitario hábitat para saciar sus deseos de hablar.
  La ninfa se aproximó a Narciso escondiéndose entre los árboles y, él al oir los pasos de la náyade, preguntó:


-¿Hay alguien aquí? A lo que Eco responde “…alguien aquí”. Narciso, que aun no la ve, insiste:
-¿Dónde estás?
“¡…estás!”- expresa Eco. El joven, un tanto desilusionado, inquiere nuevamente:
¿Por qué me huyes?- A lo que la lacónica ninfa contesta “¡¡¡…Me huyes!!!!”.
Cuando finalmente se descubren, digamos que a Narciso no le gusta mucho Eco y le dice:
-“¡No pensarás que ya te amo!”- a lo que Eco responde:
-“¡¡¡…Ya te amo!!!- Narciso, asustado y pensando que la ninfa pretende abusar de él, invoca a los dioses diciendo “¡Permitan los dioses soberanos que antes la muerte me deshaga a que tu goces de mi”. Y Eco, abrumada por su eterno castigo, sólo pronuncia: “¡¡¡…Que tú goces de mi!!!”.


(Extractos obtenidos de Las Metamorfosis, de Publio Ovidio, Libro III)

  Y entonces Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos hacia él, pero Narciso se negó a aceptar su amor y huyó rápidamente de las cercanías de Eco, quien frustrada y consumida por su pasión se refugió iracunda entre los árboles, invocando  a Némesis para que su sed de venganza fuese saciada.
  La diosa de la venganza que aún mantenia la solicitud de Ameinias, un enamorado de Narciso y rechazado por él al que procuró una espada, para que, dolido por no ser correspondido, se quitara la vida, y quien antes de suicidarse, rogó a Némesis que Narciso sufriera alguna vez el amor no correspondido.
  Por lo que, Némesis decidió acceder a la petición de los fracasados amantes, y persigue al vanidoso joven.
  Narciso llega a una fuente de aguas limpias y transparentes, y al acercarse a beber se ve reflejado a sí mismo, y Némesis que le seguía de cerca invoca a Eros (Cupido) para que le clavase una flecha de amor. Así lo hizo y perforó el hombro de Narciso, quien al ver el reflejo de su imagen en el agua se enamoró, intentando besarlo creyendo que era una persona ajena a él.
  Narciso escuchó una voz proveniente del Olimpo:

              "Insensato. ¿Cómo te has enamorado en vano de un fantasma?
                Retírate de la fuente y verás como la imagen desaparece. Contigo ha venido y contigo se 
    irá y no la poseerás nunca!!!"

  Narciso desoye estas palabras y sigue hablándole a la imagen. No entiende que a pesar de que le acerque sus labios y sus brazos a ese ser amado, nunca podrá besarlo y abrazarlo. Entonces enloquece y se deja caer en el agua en los últimos intentos de poseerlo, que es él mismo. Así muere Narciso, convirtiéndose en una hermosa flor amarilla, llamada en su honor Narciso.







EL Dolor Narcisista

  La distancia que hay entre el ser y la imagen, el no reconocernos a nosotros mismos, al igual que Narciso no reconocía su propia imagen en el reflejo del agua. La ceguera con respecto a sí mismo y hacia los otros, puede llevar a dos estados opuestos. Por un lado, una sobreestimación de los dones físicos, aptitudes y capacidades, deslumbrado de su propia imagen con una extrema necesidad de reconocimiento y de ser querido. Por otro, experimentar un vacío y una desolación profunda, pues en algún momento perciben que su seguridad ni valía le satisface ni se creen merecedores de ello, sin poder ver al otro ni reconociéndose en lo que el otro le devuelve.
  Habita una fragilidad y desvalorización de tal magnitud, que si lo percibiesen, sufrirían un dolor insoportable. Y de ahí que lo enmascare con una prepotencia y no reconocimiento del otro, no dando espacio a otro ajeno a él. Es el que deslumbra al mundo.
  En verdad, todos queremos ser reconocidos, vistos, todos somos descendientes del hermoso Narciso, pero al contemplarnos en el espejo cada mañana, intentemos que nuestra belleza no nos eclipse.


  ...tristemente no será amante porque nadie merece su amor, su amado es su propio reflejo en el agua cristalina, tan sólo él es su único objeto de amor...qué sólo se queda Narciso.....




























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